Haberme separado de aquella mujer, cuyo nombre nunca menciono, me ha ocasionado varias secuelas de consideración. Esa sociedad tan íntima que en algún momento creamos desapareció, y los días posteriores a su caída se parecen mucho a las conmemoraciones religiosas que hacen los creyentes cuando enumeran los días que han pasado después de su deicidio.
De igual forma, los días sin ella son mi medida de tiempo. Hemos conseguido convertirnos en la leyenda del otro y aunque no nos hablamos; sabemos de nuestra presencia en la vida del otro.
Estaba contando que nuestra separación dejó varias secuelas de consideración. Cambié mi manera de caminar, cambié mi manera de mirar incluso la manera de hablarle a las demás personas.
Cuando camino por la calle, por ejemplo, a pesar de haber tenido muy pala postura la mayor parte de mi vida, camino sacando el pecho.
Tengo la fantasía de encontrármela en cualquier parte. Tengo la sensación de que en cualquier esquina cruzará y la encontraré de frente, caminando hacia mí, pretendiendo que no me ha visto. Pero su mirada y la mía se parecen mucho. Ella es capaz de quedarse abstraída en los ojos de las personas sin tensionar la cara, sin mover un solo musculo, sin parpadear. Esta es la razón por la que intimida a la gente, esa es la razón por la que intimido a la gente.
Aunque mi mirada y la de ella se parecen en ese sentido, en otro sentido, en la calle es otra cosa. Seguido miro a la gente a los ojos. A diferencia de otros tiempos cuando caminar representaba dirigirse a alguna parte con algún propósito; deambular con algún grado de indiferencia o desagrado en tanto que no estaba en donde y con quien quería. De alguno modo yo no miraba a nadie, sólo caminaba pensando en ella. En este momento es un poco diferente, miro a las personas a los ojos para convencerme de que no hay nada de especial en la mirada de ella y que cualquier persona puede conseguir ese grado de abstracción y ensimismamiento. Para mi pesar esos ojos y estos ojos son solo de ella, de nosotros. Son la herencia de nuestra unión, son la marca de un territorio que desapareció y del cual somos los únicos sobrevivientes.
Cuando hablo con gente nueva o vieja, tengo la sensación de que todavía hablo un antiguo dialecto los días en los que estuvimos juntos. Tenemos gestos, palabras en común, siluetas de una personalidad binaria que compartimos.
No veo nada de malo en ello. Tampoco le veo el lado bueno, después de todo estamos hechos de las experiencias que vivimos.
Hace un tiempo, conocí a alguien en una galería de arte con quien no fue difícil entablar una conversación. Y aunque el tema de nuestra conversación no es lo importante si lo fueron sus comentarios “tu hablas y gesticulas igualito una amiga mía”. Sin entrar a discutir sobre las implicaciones transgeneristas del comentario fue claro, para mí, que se trataba de ella de quien hablaba.
Todo esto que he contado lo he pensado inspirado en la teoría de los seis grados de separación. Esta teoría dice que todas las personas están relacionadas o distanciadas más menos por seis personas. Lo que quiere decir que en este momento puedo tener un/a amigo/a que tiene un/a amigo/a que tiene un/a amigo/a etc… que la conoce de cerca.
Pero quién podría haberla conocido un poco más de cerca que yo, quien soy el único por el que ella se cambiaría de andén al reconocerme.
A mí se me ocurre que en los ojos de las personas puede quedar grabado el recuerdo de otras muchas y que al reconocerme también la reconocen a ella a través de los recuerdos que yo mismo expreso en las palabras que he dedicado al recuerdo de la mujer que vive en mí.


































