Cada intento de remedio es producto de una enfermedad. Es esperanza y consuelo ante el dolor.
Como aquel amanecer cartagenero que redimió nuestra pieles de los sendos inviernos que enfriaron nuestros corazones.
Entre Bogotá y Medellín coexiste la culpa de haberme adherido a una tierna escápula cuyos huesos no formaron, nunca, un cartílago adulto que madurara el corazon. Alli, en la caverna del pecho y de la mente, nada está formado. Todo sigue siendo superficial e inpermanente.
Aquella inpermanencia tan natural a la existencia se parece mucho a nosotros. Somos nosotros, seremos nosotros y el duelo que implica el recaer juntos en las tinieblas de un olvido irremediable.