miércoles, 1 de junio de 2016

¡MIERDA! Relatos de inodoro.


Es sorprendente lo mucho que uno reflexiona en el baño. Seguramente Newton habrá reflexionado sobre un montón de ideas, todavía inéditas, sentado en lo que fuera que se sentase para pensar en los hechos del cosmos y la materia. Dudo, seriamente, que haya meditado sobre las propiedades de la materia fecal pero, en cambio, no dudo sobre sus meditaciones a cerca de una materia mucho más noble y profunda. Sin descartar el hecho de que pensara en huevonadas mientras excretaba con periodicidad europea sus intestinos de sabiondas. 

Para cualquier idiota, el resto de las meditaciones se reduce a un número finito de posibilidades. Por ejemplo, cuando el papel sanitario escasea y usted comienza a calcular las posibilidades de que las dimensiones de dicho papel cumplan con la demanda de sus deposiciones. Es decir, usted comienza a crear hipótesis sobre la cantidad de papel que invertirá en el aseo de sus profundidades a la vez que comprueba la cantidad real de este elemento que apenas mantiene cautivo al rollito de cartón. 

Lo que me pasa a mí, por ejemplo, es que siempre saco mal las cuentas (no sólo para asuntos como este sino para casi todos los temas que requieran una cierta economía). En otras palabras, como casi siempre despilfarro, seguido dudo de mis cuentas. Esto explica la razón por la que, cuando se necesita, puedo ser de verdad ahorrativo.

Como entenderán, se hace necesario resolver cuál es la cantidad mínima de cuadritos de papel para asearse correctamente el trasero. Así como de las posibilidades de efectuar la misma operación económica en el cotidiano. Por ejemplo, cuántos cuadritos de plata podría ahorrar si montara menos en taxi; preparara el almuerzo en casa; si llegara caminando al trabajo; si no fuera tanto a restaurantes ni a farrear. En ese sentido tendría más cuadritos de plata y podría comprarme una silla nueva para el computador. Esa que tengo desde la época del colegio y a la que me toca ponerle una almohadita para que me proteja el culíto de la tabla. 

Esto que les cuento lo pensé cagando. No sólo pensé eso sino que también pensé en la posibilidad, para este texto, de no usar la palabra «cagar» sino “hacer popo”, pero pasa que, cuando voy al baño siempre voy es a cagar y nunca a hacer popó. 

Por otra parte, también estaba reflexionando sobre el hecho (volviendo al tema de la silla para el computador) de que cada parte de las sillas de computo tienen un nombre, menos el lugar donde usted reposa las nalgas. A ver, para ponerlos en contexto hay apoya cabezas; espaldar; apoya brazos; rodachines; y no sé si quepa un «etc» porque no sé si hayan tantas partes para nombrar. Lo que sea, se me ocurrió que si existe apoya brazos, apoya cabeza, seguro donde usted apoya las nalgas es el apoya nalgas ¿o no?, pero nadie es capaz de llamar las cosa por su nombre. 

Volviendo a aquel presente y ya posicionado para comenzar la operación de limpieza, decidí que tres cuadritos bastaban para evitar que el asunto traspasara o, incluso, que llegara a untar mis dedos. Después de seis cuadritos, (es decir dos cortes de papel) noté qué otra vez mis cálculos no habían sido correctos así que reduje nuevamente. Esta vez a dos cuadritos, aunque aún con esta nueva fórmula la cantidad de papel seguía siendo precario. Estando en este proceso de no dejarme untar los dedo y doblar delicadamente los dos cuadritos para usar ambas caras recordé un momento en mi vida en el que me encantó hacer origami. Sobre todo porque era una técnica fenomenal para descrestar a las chicas aunque, para ser honesto, sólo había dos figuras que me salían bien. Una era la grulla (ya con esta uno iba pegando duro) más adelante podía salir con un pavo real (que también me quedaba decente).

Como sea, entre pliegue y pliegue recordé lo bueno que era doblando los papelitos. Tanto que me costó tiempo arrojarlos a la papelera. Si hasta me daban ganas de mostrárselos a alguien para que conociera mi destreza en el plegado de papel pero me pareció un acto excesivo. 

Al cabo de un rato noté que había quedado perfectamente limpio y que el papel había alcanzado para todo lo que tenía que alcanzar, en ese sentido, ya no tenía que meterme a la ducha a terminar el trabajo con agua, sino que podía seguir redactando en el computador cuya silla tenía apoya nalgas duro. 

Mientras me lavaba las manos y me miraba al espejo recordé que una de las cosas que más me llama la atención de los baños son aquellas figuras que uno sólo puede determinar cuando está cagando. Les estoy hablando de la época en la que la gente no se sentaba a jugar angry birds o candy crush sino que se fijaban en las uñas, en el pantalón, o en la pared. A mí, por ejemplo, me gustaba ensimismarme en los pisos de mármol o en esas paredes con cuadritos chiquitos cuyo nombre nadie conoce. Me quedaba ahuevado buscando imágenes. Casi siempre me topaba con figuras humanas en posiciones muy chistosas… ancianos fumando cigarros, señoras con sombreros grandes, gente fea. Por eso recordé este tema mirándome al espejo

Siempre fantasee con que me saliera el número del chance en el baño o la imagen de la virgen o de cristo redentor en alguna de sus posturas de mártir. No porque fuera súper religioso sino para llamar a la gentes y contarles que yo había encontrado la imagen de la virgen o de cristo grabada justo al frente de la letrina y que esto, sin duda, se trataba de un mensaje divino. 

Cagar es una de las rutinas diarias más sagradas del hombre, ahí coordina el día, piensa en las amigas o en los amigos, revisa el correo, manda mensajes y aquí si cabe el etc…

PARANOIAS DE BAÑO

Algunas de las cosas que más me molestan, que más asco y más paranoia me causan, son fácilmente enumerarles. Pero como mi idea no es la de comenzar a describir algún ningún tipo de enfermedad mental voy a comenzar por el principio. 

La perilla

El sólo hecho de tocar la perilla de un baño público me causa un asco impresionante. Se me vienen a la cabeza toda clase de perversiones y suciedades derivadas del hecho de tener que compartir un recinto tan sagrado con un montón de personas que uno no conoce. Pensar, por ejemplo, que uno pueda contraer algún tipo de enfermedad venerea a través de la perilla. Sea posible o no siempre me lavo las manos después de tocarla. Esto sin entrar a discutir sobre cualquier otro fluido que haya quedado impregnado en la perilla puesto que hay muchas personas que no se lavan las manos después de ir al baño. Como sea es casi lo mismo la perilla del baño que la llave del lavamanos (cuando esta no es automática). 

Las cámaras

Más allá de esto también he pasado por la paranoia de imaginarme que alguien haya instalado alguna cámara oculta en el baño y me descubran mirando las paredes como un niño autista y después le vendan el vídeo a alguna página porno para gente que masturba con niños autistas. 

Rata en el inodoro

Cada vez que me he visto obligado a defecar en lugares públicos (cuando se trata de un asunto de vida o muerte) salto inmediatamente cada vez que escucho algún ruido extraño en las cañerías. La verdad es que no me siento muy avergonzado de ello ya que estoy seguro que muchas personas comparten conmigo ese miedo. Comprendan que es lógico pensar en un roedor saltando de entre cloacas a comerse el culo de uno cuando uno todavía no ha terminado de responder los respectivos mensajes de texto.

Higiene 

Una vez, (hablando de conversaciones de baño) escuché a un tipo que le contaba a una amiga que su papá (que era médico) le había dicho que era una estupidez limpiar tan dedicadamente la tasa del baño con el papel higiénico. Por supuesto, aunque no soy chismoso me quedé escuchando aquella teoría, seguramente bien estudiada, cuya tesis parte del hecho que limpiar la tasa del baño sólo se esparcesuciedad. ¡Auch! Escuchar esto me causó demasiada molestia porque yo no sólo limpio la tasa del baño sino que, de manera casi enfermiza, hago una camita de papel higiénico para que nada de mi humanidad haga contacto con el retrete. Hecho que según dicha «investigación» tampoco tiene mucho sentido, porque de haber alguna enfermedad contagiable: 
  1. Casi siempre estaría en estado líquido y por tal motivo el papel no constituye una barrera significativa. 
  2.  Sí usted ya había secado la tasa este riesgo se reduce dejando a la fortuna que sus nalgas nunca se salgan de las proporciones del papel porque, de ser así, se llevaría con usted la enfermedad. Dicho esto, cómo no va a tener uno paranoia de los baños. Esto para no mencionar que unas veces hay que poner la chaqueta o cualquier otro tipo de elemento, entiéndase; cartera; maleta; hombro; contra la puerta para que (según yo) no lo vean pujando. 
Congestionado por haber pensado en todas estas cosas, me incliné para sacar la toalla de las manos. Descubrí que en la repisa descansaba no sólo un rollo de papel higiénico sino ocho perfectamente alineados y empaquetados. ¿Qué puede pensar uno después de ver eso?



¡MIERDA!



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