jueves, 29 de enero de 2015

PERDIDAS


Así, la niña del mar muy quietecita, muy calmada. Dibujó con el dedo gordo del pie un mapa del tesoro en el que figuraba, escondido, un manojo de conchas, vieiras y caparazones. 

En su estomago, la mar consiguió retratarle un oleaje oceánico. Uno que no conocía la agitación ni la marea, era siempre tibio, siempre sereno. En el fondo, la pequeña Clara sabía que algún día la habrían de encontrar, es lo que decía el abuelo que debe hacerse cuando uno se pierde. Esa fue la razón por la cual Clarita no se alarmó, nunca gritó, nunca pidió ayuda. Continuó tranquila y pausada; dedicándose exclusivamente a cartografiar el pequeño territorio que había conquistado y que nunca más abandonaría.

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