OTRA MALA HISTORIA
-¡Hola! ¿Te conozco?
-Claro que sí, nos vemos cada fin de semana desde que estás acá
-Lo siento pero no te recuerdo, estoy perdido, busco a Susana…
[…]Me he perdido en el pensamiento, sin duda he alcanzado el mayor número de preguntas sin responder, esto hace difícil recordar en qué estoy pensando o sí ya respondí aquellas cosas que me cuestiono a diario. Como por ejemplo, por qué sigo pensando en ella o cómo era yo antes de conocerla.
No ha sido fácil este tiempo en el que su presencia escasea. Sin duda, he conseguido hacerme de victorias y aventuras que me han servido para entretener la mente mientras la espero. He conocido nuevos nombres a tener en cuenta, y cumpleaños que nunca voy a recordar y por los cuales tendré que disculparme cuando me miren con desconcierto y no sepa a la fiesta de quién estoy asistiendo.
Es difícil pensar en otra cosa que no sea ese momento en que nos destruimos; principalmente porque nos destruíamos de a pocos. Nos dosificamos despedidas fabricadas a la media. Mutuamente nos arrancarnos del pecho para no volvernos a ver.
Con seguridad se trató de un asunto enfermizo, pero qué clase de enfermedad es esta qué no se aleja; que merma de vez en cuando pero siempre regresa para enfrascarme en el pasado.
Casi siempre viene a mí nuestra historia en la Barra, recuerdo cómo el viento despeinaba mi cabello; al caminar, la arena se incrustaba en mis sandalias causando un tenue hormigueo. Recuerdo que en el aire se podía percibir un leve silbido; la brisa de aquella mar golpeando contra las rocas, la tela de los parasoles ruinosos que en algún momento se irguieron sobre una playa cuyas arenas negruzcas convidan a morir.
En aquel lugar, olvidado de la mano de Dios, la humedad penetra con rapidez en la ropa. Ella transporta en sus hombros la sal que nutre a Buenaventura, y que, al mismo tiempo oxida todo a su paso. Recuerdo que todo en nuestra tienda de campaña se comenzó a oxidar, incluso nosotros quedábamos inservibles al enfrentar ese clima distópico y secular.
Cada vez el recuerdo es el mismo, recuerdo a un marino de cabello rojizo despidiéndonos desde el muelle, yo lo sigo con la mirada y agito mi mano mientras mi lancha se aleja. Al posar mi mirada hacia delante, la chica, Susana, desliza su mano sobre la mía… ese tacto misterioso, escondía tras de sí una decisión ya tomada, su pulso en pleno acto de contrición me pedía agritos que la perdonara por un pecado todavía no había confesado.
En sus ojos azul profundo se podía leer la preocupación. Una que luchaba por no abandonarme en aquella playa del pacifico noreste en la que quedó escrito nuestro último capítulo.
Al regresar a Bogotá, las cosas eran distintas. Su perfume había quedado olvidado en la costa, nos habíamos resignado a oler como buitres luego de un festín. Como era de esperarse, cada gesto de su cara era el reflejo una discusión interna, una que en silencio la obligaba gesticular palabras que jamás pronunciaría.
Nos dividimos en Bogotá, pero la memoria de su sexo desnudo quedaría grabada, para siempre, en mis recuerdos como evidencia de un día que nunca ocurrió.
No recuerdo nada más del tiempo posterior a esos días, es como una estela que, luctuosa, se cierne sobre las grietas donde habitaron sus recuerdos y los míos.
Esta pérdida es tan mía como de ella; pienso que al abandonarme se llevó algo mío; algo que no ha vuelto a nacer, (sí es que lo que se llevó reverdece como las plantas) De no ser así, tendré que acostumbrarme a echar de menos una parte de mí que no recuerdo. Aquello que me arrancó de la memoria dejó en mí un dolor fantasma.
Tampoco sé cuál parte de ella le habré arrancado, o sí lo hice. Ha pasado tanto tiempo que no recuerdo cómo era antes de conocerla. No sé si sigo siendo yo mismo o una versión de nosotros.
Conozco su ausencia, y el olor remanente de los días en los que me acompañó e hizo parte de mí. Digamos que ella sabrá de qué se trata, ha de ser algo importante para que no haya vuelto con aquello que me pertenece, quizás lo extravió y esa parte de mí ya está en otra persona. No la reconoceré cuando la vea, no sabré que soy yo en el cuerpo de otro o de otra. Ese rasgo de mí que habita en otros lleva mi instinto, tiene mi clima y me pertenece.
Vacías están mis bolsas. De vez en cuando encuentro algunas boronas y trozos de mondadientes que se me encajan en la uñas cuando busco en sus profundidades una posibilidad. Cuando cuento las monedas para el trasporte siempre es el mismo monto, es decir que no habrá un pasaje de ida ni de vuelta. Pienso: va bien este peregrinaje hasta ella aunque gaste mis zapatos para verla.
Vacía está, también, mi conciencia. Mis recuerdos sobre ella cada vez son más tristes. Cuando me siento a buscarlos, en mi cabeza, sé que ya no son los mismos. Mi memoria los tergiversa a diario. Me angustia creer que ahora son más una fantasía que recuerdos sueltos de una época en la que vivimos, y que nunca volverá.
Cada día me encuentro en un lugar nuevo que parece viejo, algo en mí me indica que ya he estado aquí o allá, en esta banca o en aquella… esperándola. No recuerdo mucho, aunque espero el bus que va a visitarla, con los bolsillos breves y una amarga esperanza.
Hoy es su cumpleaños y no estaré con ella…
-Ella cumple el 2 de octubre ¿sabe? Este año cumple 30
-Por supuesto, ¿cómo no saberlo?
-¿Pero cómo es que lo sabes? ¿Acaso la conoces?
-¡Pero claro que la conozco!
-Abuelo, esa historia la sé de memoria lo que la abuela intentaba decirte era…
-¡Hola! ¿Te conozco?
-Abuelito, soy yo, ¡Julián!
-Lo siento. Estoy perdido, busco a Susana…
Casa
de retiro Santa Cecilia, Otavalo, 1910.