La madrugada que sentí que había descubierto algo importante en mi vida, me levanté y me tomé una foto. Me veía tan mal que parecía que había descubierto el crack, tenía los ojos rojos y el cabello despeinado.
Sin importar lo mal que me viera guardé la foto para la posteridad. Así conmemoraba yo esa Epifanía que se había presentado ante mí como una revelación divina. La mañana siguiente desperté con la sensación de que algo en mí había cambiado y que de ahora en adelante las cosas serían mejores. Me levanté temprano, me duché como de costumbre y desayuné mientras sostenía la foto que me había tomado la noche anterior. Intenté recordar cuál había sido la divina revelación que había recibido la noche antes, sin darme cuenta la había olvidado. Después de eso, frente a la desgracia, estaba demasiado limpio como para regresar a la cama, guardé la foto y me fui.

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