
Ahora que remotamente nos conocemos, que somos distantes y nos acercamos al otro a través de los recuerdos, siento una extraña sensación en el estomago, como un vacío. Algo que no sé cómo explicar.
La soledad de estos años ha desgastado las memorias que tengo de ti. No sé si tu imagen en mi cabeza todavía corresponda a tu aspecto. Es lo de menos. Recuerdo tus ojos, el sabor de tu piel y tu olor. Con eso me conformo.
Hay muchas cosas que ya no recuerdo y que tampoco me importan. Aunque tengo fotos tuyas; en tres años y medio sólo las he oteado un par de veces. Nunca me gustó verte en fotos, en mis recuerdos luces mejor.
Odio tener una conexión contigo, hay días en los que tu presencia me inunda y aunque no soy una persona espiritual, sé que estás pensando en mí. Sí todavía habláramos, seguro recibiríamos una llamada del otro con sólo pensarlo/la. No tanto para hablar, más bien para escuchar el tono de nuestra voz, esa señal que más que un sonido era el signo de una doble presencia que detrás de la línea se replicaba en el otro y se convertía en una excusa para justificar la electricidad en el aire.
Para suplirte, escucho canciones que te reviven. “Precious” para darte un ejemplo. Pero nada se compara con nuestra presencia, mis ojos penetrando en los tuyos en una conexión galvánica y tu tacto rosando con el mío en las calles intentando capturar mis manos.
Nos hizo falta mucho por vivir, ya nos somos niños y la adultez nos ha dividido en dos que todavía se sienten a la distancia cuando los rayos y los truenos nos agreden el corazón.
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