lunes, 6 de abril de 2015

Carta de Roma

Te escribo, amor, desde la primavera.

Crucé la mar para poder decirte
que, bajo el cielo de la tarde, Roma
tiene otro cielo de golondrinas,
y entre los dos un ángel de oro pasa
danzando.

La cascada de piedra que desciende
por Trinitá dei Monti hasta la plaza,
se detuvo de pronto y ahora suben
azaleas rosadas por su cuerpo.

Los árboles repiten siete veces
la música del viento en las colinas,
y el húmedo llamado de las fuentes
guía mis pasos.

Más bella que en el aire
una rota columna hallé en el césped,
caída en el abrazo de una rosa.

Cuando fluye la luz,
cuando se para
el tiempo,
asomada a los puentes Roma busca
su imagen sobre el Tevere,
y en vez del nombre suyo ve que tiembla
tu nombre, amor, en el rodante espejo.

Meira del Mar.

Ostentiferous

Soy el cuervo en tus dibujos


Como yo he usado tan poquito palabras como: Increíble, wow, lindísimo. Cada una de tus historias parecían una aventura. Siempre estuve contigo a la espera de que algo extraordinario ocurriera, pero nunca ocurrió. Supongo que fue porque mi asombro superó sus barreras contigo. 

Lo más increíble, lo más asombroso, al finalizar el día, siempre fue haber estado contigo. Aunque la fantasía no llegara, aunque no tuviésemos un encuentro cercano del tercer tipo ni de ningún otro tipo, aunque no viera con otros ojos el crujir de las hojas secas bajo mis pies, ni me asombrara por el comportamiento dinosauresco de las mirlas. Pese a eso, siempre supe contarte al oído las maravillas que solo una serpiente conoce. Esas líneas que trasegaron tu tímpano, como un trueno, todavía hacen un eco en el silencio de tus noches inundadas en el insomnio que te produce el no poderme ver y sin embargo, seguirme escuchando.

El mundo se veía más bonito a través de tus palabras, así que prefería escuchar sobre nosotros cuándo hablabas, en tono misterioso, sobre las cosas que habíamos visto o hecho.

Ahora que no escucho tus historias, ni la manera tan especial en la que articulabas las ideas con ese dejo, casi infantil, las cosas, como las conozco, no se ven tan bonitas. Sin embargo, todavía guardo las memorias de un auto-barco derivando por el camino viejo de suba, y una canción que se repetía con insistencia mientras anclábamos en tu garaje. Recuerdo el olor, casi enigmático, de tu aliento acercándose a mi boca mientras ascendíamos por el elevador y no teníamos nada que decir. Recuerdo eso y sonrío.

Tengo la sensación de que te encontraré, algún día, cuándo nada de esto importe, ese día huiremos, despavoridos, para que los recuerdos no nos aten las memorias o tendremos que quedarnos juntos para siempre. 



Apéndice de la bitácora C

"365 Días con Moleskine"

Efimeride III

Anatomía 

Esta mano que describe las mariposas en el pecho son la radiografía de una tragedia que nadie anunció.


efimeride II


Efimeride

Esta mañana soñé contigo, lo que no es nuevo, saliendo para el trabajo te vi. Eso sí es nuevo, casi me estrello contigo en la 26, cerca a la circunvalar. Ahora que mi vida está a salvo me pregunto ¿cómo se ve la mañana, desde tu auto, cuando mi espacio lo ocupa una maleta? la silla está en otra posición, tu mirada en el volante. Tu águila me vio, yo la vi, batió sus alas bajo el retrovisor y una vez más... nos dividimos.