Me gustaría conocerte un día cuando tus brazos se hayan fatigado y tengas la guardia baja de tanto resguardarte de los vicios de la humanidad y de los golpes de la vida. Un día de esos en los que le sonríes a la gente como sí hubieses ganado la lotería; como si fueses una reina de belleza que desfila saludando al público.
Quisiera haberte conocido el día que decidiste hablarle a un desconocido para preguntarle la hora; compartir la mesa; encontrar la dirección; (cuando nunca estuviste perdida). Quisiera haber sido el desconocido que contestó con la hora exacta y compartió la mesa y te moestró el camino.
Quisiera conocerte ayer o hace tres años cuando todavía eras una niña y no habías escuchado a tantos decir cosas como las que hoy día te repito. A lo lejos, ahora que todavía no me sé tu nombre y te menciono en silencio, postergando las presentaciones azarosas y las frases rompe-hielo con las que tus labios le abrirán un tajo a ese silencio tan propio de los desconocidos.
Quisiera conocerte en marzo cuando cumplo años e invitarte a mi fiesta, porque es bien sabido que yo nunca hago fiestas y que el único motivo por el cual concebiría semejante atrocidad contra el mundo sería el de poder invitarte y que de regalo me dieras el olor de ese perfume que se impregna al tacto cuando el rose con tu mejilla le roba un poco de encanto a ese secreto que habita detrás te tus orejas. Ese olor, casi afrodisíaco, que invita a soñar que sigues viva. Reclinada en el otro lomo del mundo en donde habita, violenta, la resurrección de los desvalidos del amor que mendigan las caricias de mujeres que jamás los querrán.
Quisiera conocerte el día que dejemos de ser extraños para invitarte ese café que te he prometido desde el primer día que te vi en el parque y que sentí que era indispensable despertar contigo el día que recordara cómo fue que te perdí. A partir de ese momento volverás a ser la que conocí o quizás alguien mejor.